Estudiar hasta los 18
El ministro de Educación, Ángel Gabilondo, ha planteado de nuevo esta semana ampliar la enseñanza gratuita y obligatoria hasta los dieciocho años. Ya lo hizo hace unos meses. Pero ahora mezcla la propuesta con uno de los 104 puntos del texto inicial del Pacto por la Educación. En concreto, con ese que proponía que el último curso de bachillerato supusiera un filtro para encauzar a los alumnos hacia la FP o hacia la Universidad.
Uno de cada tres alumnos españoles no consigue graduarse en la ESO, abandonándola con dieciséis años. ¿Habría que obligarles a estar dos años más en clase? ¿No sería perjudicial para ellos y para los demás? Efectivamente, muchos se encauzarían hacia FP. Otros se convencerían de la importancia de mejorar su formación. Pero, ¿y el resto?
Hasta ahora, los jóvenes percibían poca diferencia en sus perspectivas laborales entre sacarse unos estudios o no. Además, la brecha salarial entre unos y otros, en España, es mínima. Probablemente en ningún otro país un albañil podía ganar más que un arquitecto. Aquí sí. Pero ahora el paro castiga más a quienes no tienen formación.
Y ahí es donde atacaría esta medida: mejorando obligatoriamente la formación y, además, sacando del paro (y del mercado laboral) a toda una franja de edad, la de 17 y 18 años, en la que actualmente hay en España casi un millón de personas. Y alrededor de un tercio de ellas son parados.
¿Cuál es el objetivo de la medida entonces? ¿Mejorar las perspectivas laborales futuras de los estudiantes? ¿O las del resto, en el presente, de un plumazo? Probablemente, las dos. Pero probablemente le urge al Gobierno más esta última.
Luis García