No es un deseo. Ni, por supuesto, una noticia. España no es la primera en el ranking mundial de universidades. Al menos todavía. Porque si se cumple el objetivo marcado por Educación de ir ganando diez puestos al año en las listas de mejores universidades, puede que dentro de cien años las españolas desbanquen a las estadounidenses y británicas. Pero, de momento, No. España no es la mejor.
Es cierto que lo está intentando. Ahí está el programa Campus de Excelencia Internacional que, de momento, ha conseguido que se enfaden unas universidades con otras. O la propuesta actual de dividirlas en tres categorías para propiciar fusiones.
Leo indignado en El País de ayer que los rectores y el secretario general de universidades echan la culpa de nuestra mala posición “a los métodos de valoración (…), que favorecen claramente a los centros anglosajones”. ¿Por qué? Porque se puntúan cosas como la cantidad de premios Nobel que hay dando clase o la cantidad de artículos publicados en revistas de investigación que, claro, ¡están en inglés!
Es verdad que contratar a un premio Nobel es cuestión de dinero. Que lo que realmente debería contar para una universidad es cuántos Nobel han salido de sus aulas y no cuántos imparten clase en ellas. Porque, además, aunque eso dé prestigio, no garantiza una docencia adecuada.
Einstein pasó diez años de su vida como profesor en Stanford intentando diseñar, para una empresa privada, un frigorífico que nunca llegaría a funcionar. Era alemán pero, claro, en Stanford… ¡hablaba inglés! Seguro que le contrataron por eso. ¿O sería por tener el Nobel? Da igual, las dos cosas puntúan en el ranking.
Si el problema es el baremo, ¡cambiémoslo! Hagamos nuestra propia lista. Que cuente la cantidad de artículos publicados en vasco, en gallego, en catalán y en, qué sé yo… en andaluz. Seguro que, entonces, nuestras universidades quedarían mejor paradas. Que cuente la cantidad de conocidos y ex alumnos que se consiguen colocar en un departamento. Que cuente la cantidad de cerveza que se consume en la cafetería.
Que cuenten los besos en el césped, los libros perdidos, los cigarros en la puerta de la biblioteca, los partidos de fútbol, los conciertos. Que cuenten los chicles pegados debajo de la mesa, los corazones grabados encima, las sillas rotas, los carteles de “fiesta”. Que cuente fumarse las clases, hacer amigos, copiar con arte. Que cuenten, también, los amarracos del mus…
Entonces sí que seríamos los primeros del ránking. Así, con hispánica tilde. Porque es que hasta la palabra está en inglés: “ranking”. ¡Cómo no va a favorecer a los anglosajones! Probablemente se quejaban ellos también cuando era el latín el idioma de la Ciencia. Cuando idearon la Trinity College como una red de universidades por toda la Commonwealth llamadas a ser las mejores. El proyecto fracasó: sólo se construyeron cinco. La misma cantidad que se han seleccionado como Campus de Excelencia. Dos están entre las diez primeras del mundo: Cambridge y Oxford. Ojalá el aquí fracasáramos de la misma manera.
En algunas escuelas de negocios españolas, y en estas sí que hay tres entre las mejores del mundo, el primer día de clase se juega al póker. No en la cafetería, sino en el aula. Podría valer el mus si no fuera demasiado local, ya que se juega para aprender. Aprender a relacionarse, a interactuar, a conocerse. Porque ahí sí que viene gente de todo el mundo. Sí que se mezclan idiomas, ideas. No se sigue el sistema del catedrático que pontifica desde el púlpito. Se enseña de otra manera. Pero es que, ahí, los profesores han estudiado fuera.
Fuera de la endogamia universitaria española. Del país en el que las palabras “plaza fija” representan la máxima aspiración humana. Fuera, donde no nos incluyen en sus listas porque, pobrecitos, no nos entienden. Para que estemos entre los primeros del ranking sólo nos queda o dedicarnos a las escuelas de negocio o hacer nuestra propia clasificación. También podemos esperar esos cien años. O a lo mejor es menos: este año hay Mundial.
Luis García